Beatificación de Esquiú en Catamarca

Se realizó hoy, presidida por el Cardenal Luis Héctor Villalba como legado papal, en el Campus de la Beatificación, Templo de San José. El lema es: “Fray Mamerto, pastor y peregrino, testimonio de unidad”.

El cardenal Luis Héctor Villalba fue designado Legado Papal, por el Santo Padre Francisco para representarlo en los actos por la beatificación de Mamerto Esquiú OFM, obispo.

Fragmento de la homilía de monseñor Villalba

Queridos hermanos y hermanas:

Los saludo a todos con afecto, en particular al Pastor de esta Diócesis Mons. Luis Urbanc, a Mons. Carlos Ñañez, Arzobispo de Córdoba, al Nuncio Apostólico Mons. Miroslaw Adamczyk, a todos mis hermanos en el Episcopado, así como el Padre Provincial de la Orden Franciscana de Hermanos Menores. Mi afectuoso saludo, también, a los sacerdotes, diáconos, seminaristas, consagrados, consagradas, a las autoridades presentes y a todo el Pueblo de Dios.

Doy gracias al Señor, porque en nombre del Santo Padre Francisco, cuyo saludo afectuoso y cuya bendición les traigo, tengo la alegría de presidir esta celebración eucarística y proclamar beato a Mamerto Esquiú.

 ¡Alegrémonos en el Señor! Hoy es un día de fiesta. Hoy es un día de gozo. Grande es la alegría en el Cielo y en la tierra por la beatificación de Mamerto Esquiú.

Alegría para la orden de los franciscanos, a la que pertenecía   Esquiú, alegría para la Iglesia de Catamarca, en donde nació, vivió y murió, alegría para la Iglesia de Córdoba, de la que fue Obispo durante dos años, alegría para la Iglesia de Argentina, alegría para la Iglesia Católica entera que celebra en Esquiú una nueva esperanza.

El gozo proviene del hecho de que un miembro de la Iglesia, un hombre de nuestra patria, un hermano nuestro, es reconocido beato, honrado e invocado como tal.

Mamerto Esquiú Beato, ¿qué significa? Significa que la Iglesia reconoce en él una figura excepcional, un hombre en el que se dieron cita la gracia de Dios y el alma de Esquiú para alumbrar una vida estupenda hasta alcanzar esa grandeza moral y espiritual que llamamos santidad.

Beato quiere decir salvado y glorioso. Quiere decir ciudadano del cielo. Mamerto Esquiú como religioso, como sacerdote, como obispo es un modelo a imitar y como San Pablo puede decirnos a todos: “Sigan mi ejemplo, así como sigo yo, sigo el ejemplo de Cristo” (1Cor. 11, 1; 11,1). Y, a la vez, Mamerto Esquiú es un intercesor en favor nuestro. La Iglesia nos dice, al beatificarlo, que lo podemos invocar y a él podemos orar, pues ya participa de la felicidad eterna.

La beatificación de Mamerto Esquiú es una invitación a todos nosotros para que caminemos en la huella abierta por Jesucristo, una invitación para caminar hacia la santidad.

Una beatificación nos recuerda a nosotros que somos la Iglesia peregrinante y militante, a la Iglesia bienaventurada y triunfante, es decir, el epílogo glorioso de la vida cristiana, la certeza de nuestra inmortalidad y de nuestro destino al Paraíso. El Señor nos invita a elevar nuestra mirada hacia lo alto y nos dice: “Tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación” (Lc. 21, 28).

Aquí en la tierra tenemos que seguir el ejemplo de Esquiú si queremos llegar a la gloria. Los santos, los beatos son nuestros maestros, nuestros modelos, nuestros amigos, nuestros protectores.

Quién fue Mamerto Esquiú

Fray Mamerto Esquiú nació en Piedra Blanca, Provincia de Catamarca, el 11 de mayo de 1826. Fue hijo de don Santiago Esquiú y Doña María de las Nieves Medina. Se lo llamó Mamerto de la Ascensión en homenaje a San Mamerto, en cuya festividad había nacido, y por el misterio de la Ascensión del Señor, que ese año se festejó el mismo día.

Desde su nacimiento su salud era muy delicada. Cuando tenía cinco años, Doña María de las Nieves hizo una promesa que sería de trascendental importancia en la vida de su hijo: vestir al niño todos los días con el hábito de San Francisco.

Al poco tiempo el pequeño Mamerto se vio enteramente recuperado. La madre, agradecida a su santo protector, se apresuró a cumplir su promesa, y como no tenía una tela apropiada, ni las facilidades suficientes como para conseguirla, pidió al padre franciscano que había bautizado a su hijo, un hábito viejo que ya no usara para refaccionarlo y que le quedara al niño. Este fue el primer hábito que Fray Mamerto Esquiú usó y el único que llevó desde los cinco años de edad hasta el día de su muerte, sin dejarlo ni siquiera siendo obispo.

El 31 de mayo de 1836, con 10 años de edad, ingresó al Convento de San Francisco. Ya había cursado estudios de Latín y Humanidades. Luego siguió Filosofía. Desde el año 1841 a 1843, hizo el curso de Teología y Derecho Canónico. Terminó toda la carrera con notas s sobresalientes, cuando sólo tenía 17 años.

Tuvo que esperar cinco años, después de terminar sus estudios, para recibir las órdenes sagradas. Su ordenación sacerdotal se efectuó el 18 de octubre de 1848. Y debió esperar un año más, hasta cumplir los 23 años para poder celebrar la Santa Misa.

Antes de ser ordenado sacerdote, el joven Esquiú por disposición de los superiores franciscanos se dedicó a la docencia. En el año 1844 fue nombrado maestro de niños en la vieja escuela de San Francisco. Poco tiempo después sus superiores lo designaron catedrático de Filosofía y Teología.

Brilló con luz propia, según los testimonios unánimes de sus contemporáneos, que aseguran que Esquiú fue uno de los mejores profesores de su tiempo. Sostenían que era un maestro bien formado por su ciencia, su cultura, su seriedad y discreción, y se adelantó a las máximas de la pedagogía moderna.

El 9 de julio de 1853, cuando en las provincias de la Confederación Argentina debía jurarse la Constitución Nacional, el Padre Esquiú pronunció su célebre Sermón. Después de una larga y cruenta guerra civil, se promulgaba la normal fundamental de la nación. Era indispensable serenar los espíritus y sus palabras tenían ese propósito. El Sermón fue publicado por disposición de las autoridades de la Nación, dándole renombre al notable orador catamarqueño.

En 1872 fue designado arzobispo de Buenos Aires, pero por humidad rechazó ese cargo. En 1880 aceptó ser Obispo de Córdoba, por obediencia. Recibió la consagración el 12 de diciembre de ese año, y tomó posesión de su sede episcopal el día 16 de enero de 1881.

En la Catedral de la provincia mediterránea pronunció una breve homilía que causó honda impresión. Con humildad de santo, habló de sí para rebajarse. Jamás se había oído en Córdoba algo semejante. Se preguntaba con enorme sinceridad si el haber sido elevado a la dignidad de obispo sería para su salvación o su condenación. Proponía dedicarse por entero a su pueblo: “Me gusta la soledad y una vida retirada; sin embargo, mientras tenga fuerzas me veréis siempre inquieto de una a otra parte, solícito del bien de todos”, dijo.

El primer año como obispo lo pasó en la ciudad y lo dedicó a la organización del trabajo pastoral en la diócesis con ejemplar actividad. Todas las mañanas celebraba misa. Un

día en la capilla de la cárcel, otro en la del asilo de mendigos; otro, en el hospital. Su caridad le llevaba con preferencia hacia los más sufrientes, hacia los que más necesitaban de sus gestos de amor. Su casa era una romería de gente de todas las clases sociales, esencialmente de pobres, a quienes repartía personalmente su dinero y limosnas. A veces llenaban el patio de su residencia y ocupaban las aceras y la calle. Los pobres no solían conformarse con el dinero y el pan que les repartían, sino que solicitaban su bendición y la palabra del Obispo. Muchas veces esto incomodaba a los vecinos, dando lugar a que su ferviente caridad fuera criticada.

El segundo año de gobierno lo dedicó al inmenso interior de la Diócesis, llevando una vida verdaderamente apostólica y misionera a todos los curatos. Así, la muerte lo encontró regresando de La Rioja, que formaba parte del territorio diocesano.

El Obispo Esquiú falleció el día 10 de enero de 1883, en la Posta “El Suncho”, ubicada en el sur de su provincia natal, Catamarca. La prensa transmitía así la triste noticia: “Ha muerto no sólo un gran pastor, sino un gran hombre, que iluminó con sus prodigiosos talentos y con la luz de sus conocimientos profundos, el claustro, la Cátedra Sagrada […] el humilde entre los humildes, que vivía más humildemente aún, ha expirado en un lugar humilde, solitario, privado de todo recurso, rodeado por el misterioso silencio del desierto”, (El Eco de Córdoba, 12-1-1883). “La humildad, la pobreza, el desinterés, la castidad, el sacrificio, el amor al prójimo, la obediencia; las privaciones y los dolores impuestos a su existencia física. Todo ese conjunto que ha prescripto el rito y que pocos tienen presente, estaba encarnado en el fraile catamarqueño”, (El Diario de Buenos Aires, 31-1-1883).

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