Homilía del padre obispo Fernando M. Croxatto en el cierre del Año Santo 2025

(Lecturas de la sagrada familia)

Queridos hermanos y hermanas:

A la luz del evangelio que escuchamos, me preguntaba ¿Cómo habrá vivido nuestro querido José su relación con los sueños?… Los sueños le fueron marcando las decisiones personales y familiares: el aceptar tomar por esposa a María embarazada y ser padre de corazón, el huir a Egipto, el volver a su tierra y a la que será tierra emblemática para el Jesús de Nazareth. Se acostaría pensando “¿qué soñaré hoy?” o quizás, “que no sueñe Señor nada”, con cierto temor, ansiedad… Podríamos seguir imaginándonos otras vivencias del gran José.

Nosotros también soñamos, aunque no siempre recordamos los sueños, no siempre son tan buenos y puede ser que algún sueño nocturno nos revele situaciones y nos abra la mente frente a realidades que estamos viviendo. Pero, de lo que sí estamos ciertos es que Dios también nos habla en nuestros sueños, no cuando dormimos, sino cuando despiertos vamos haciendo frente a la realidad y hace despertar en nosotros anhelos, ideales.

Y estos sueños son inspiradores de vida, sueños que encierran y revelan nuestra esperanza, ‘somos Peregrinos de Esperanza’, como lo recordamos a lo largo de este Año Santo que concluye. “Esta esperanza, nos pide que no nos demoremos, que no nos dejemos llevar por la rutina, que no nos detengamos en la mediocridad y en la pereza; nos pide —diría san Agustín— que nos indignemos por las cosas que no están bien y que tengamos la valentía de cambiarlas; nos pide que nos hagamos peregrinos en busca de la verdad, soñadores incansables, mujeres y hombres que se dejan inquietar por el sueño de Dios; que es el sueño de un mundo nuevo, donde reinan la paz y la justicia” (Homilía del Papa Francisco en la Nochebuena del 2024).

Los sueños nos mantienen en camino y pobre de aquél que ha dejado de soñar, la vida se le convierte en un peso, en carga y nos convertimos en personas anestesiadas, derrotadas, pesimistas, quejosas (EG)… las famosas tentaciones que nos mostró el Papa Francisco y no se cansaba de recordárnoslas. El sí que fue un ‘soñador’. Él, como José, tenía sueños y sueños que marcaron el camino de la Iglesia. “Sueño con una Iglesia… que no renuncia al bien posible, que no se conforma con dejar las cosas como están, una Iglesia misionera capaz de transformarlo todo, una Iglesia sinodal.”

Cerramos el Año Jubilar, pero no cerremos nuestros sueños. Al contrario, que en este Año Santo hayamos podido soñar y poner en obra el sueño de una Iglesia que camina junto a la vida de Su Pueblo, sencillo y pobre, cercana, atenta a la escucha, una Iglesia que ayudó y quiere ayudar siempre a ‘levantar la esperanza’, que no se cansa de hacer el bien, que se acerca y recibe a todos, especialmente a los débiles, a los frágiles de hoy, de siempre, a los que les cuesta el futuro porque sienten cerradas las puertas de su mañana, y su vida ha perdido sentido y dignidad. Una Iglesia que no teme embarrarse, ensuciarse o equivocarse a las miradas de la mundanidad, pero que es valorada y reconocida por los que no cuentan, por los invisibles de la sociedad. Una Iglesia alegre desde lo pequeño y desde su pobreza, pero que no se cansa de contemplar y aprender de su Maestro y fundador que eligió siempre ‘el último lugar’ desde el pesebre a la cruz, para poner desde allí el camino del amor verdadero.

Por eso este año que se avecina, sin ser jubilar, quisiera soñar en otro año santo en nuestras comunidades y otro año santo desde el amor y que nuestro lema sea una expresión del Papa Francisco en Fratelli Tutti (92): “LO QUE NO PODEMOS PERDER ES EL AMOR, el mayor peligro es no amar”… Sí, queridos hermanas y hermanos todos, que sea un Año Santo ‘por el amor’, a buscar lo mejor del otro por la simple razón de ser digno de ser, de ser amado (FT 94). Así nos los recuerda la carta a los Colosenses que escuchamos: “Revístanse del amor que es el vínculo de la perfección. Que la paz de Cristo reine en sus corazones, esa paz a la que han sido llamados porque formamos un solo Cuerpo” (Col.3,14).

¿Nos animamos a soñar? ¿Podemos soñar con una iglesia, en cada comunidad, en cada pastoral y movimientos, en cada grupo, que ame? ¿Que nuestra meta sea simplemente amar, como Jesús nos amó y nos ama? El amor levanta, el amor renueva la esperanza, como el Niño de Belén que celebramos y que nos sigue diciendo ‘Te he amado’ y sigo amándote, sigo confiando en vos, sigo confiando en vos Iglesia neuquina.

Y hoy en el día que celebramos a la SAGRADA FAMILIA DE NAZARETH, sagrada por su santidad, por la búsqueda y obediencia a la voluntad de Dios, pidamos juntos al Señor para que cada familia -‘iglesia doméstica’-, viva, y recupere en muchos casos, la centralidad del amor; que sea fuente inspiradora de un amor ‘desarmado’ que no calcula lo mío o lo tuyo, lo que doy o recibo, sino que se abre a la fuerza del amor de Dios que siempre es entrega y donación.

Familia de Nazareth, Jesús, María y José, cuidanos y ayudanos a no perder el amor, a no cansarnos de optar por la fraternidad.

Misa completa

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